Psicoterapia

¿qué es y para qué se utiliza?

La psicoterapia es un proceso de comunicación entre el psicoterapeuta y la persona que acude a consulta. El objetivo de este proceso comunicativo es mejorar la calidad de vida y el bienestar emocional del segundo y se logra gracias a la observación y re-conocimiento de nuestras actitudes y comportamientos, en base a la gestión y toma de conciencia de nuestros cuerpos mental-emocional, biológico y espiritual.

Modificamos nuestras actitudes y formas de comportarnos cuando reconocemos  los patrones inconscientes que han guiado nuestra vida en cada momento, atendiendo al acontecimiento e identificación del problema que nos lleva a pedir ayuda en un tramo de nuestro trayecto vital, para comprender y transformar el sufrimiento y dolor en amor y benevolencia para con nosotros mismos y por tanto para con los demás.

Ser genuíno y auténticos con nosotros mismos, nos lleva a enfrentarnos a nuestros mayores miedos. Y trascenderlos.

El cambio se da gracias a la interacción entre la orientación que ofrece el psicoterapeuta y, sobre todo, al esfuerzo y al trabajo que lleva a cabo la persona fuera de la consulta.

Esto nos lleva a un punto muy importante y es que es imposible que la psicoterapia funcione si la persona no se hace resonsable de su propio proceso de sanación. Es un participante activo en su propia recuperación. El proceso terapeutico es un camino compartido entre la persona y el terapeuta, dónde el terapeuta apoya y asesora y la personas se compromete consigo misma para avanzar en su propio crecimiento para restablecer el equilibrio interior y armonía perdidas en algún momento. A mayor compromiso del paciente con la terapia, más eficacia de la misma.

La psicoterapia se lleva a cabo en reuniones periódicas entre el psicoterapeuta y el paciente. La frecuencia suele ser semanal o quincenal al principio, en función de las necesidades del paciente, y puede durar entre unos meses y varios años, en función de la gravedad de la situación, de los recursos de afrontamiento con que cuente el paciente y, repetimos, del compromiso de éste con la terapia.

En todo caso, el objetivo del psicólogo es “quedarse sin trabajo”, es decir, lograr que el paciente pueda “caminar” de manera autónoma, sin su ayuda.

Las sesiones suelen durar entre 45 y 60 minutos y en ellas no sólo se trata de crear una relación terapeútica basada en la confianza y el compromiso. En cada encuentro se trabajan y exploran los conflictos, se reflexiona sobre ellos para tomar conciencia de los pensamientos y emociones que desencadenan una reacción, se presentan alternativas y se aprenden habilidades de afrontamiento (o, en muchos casos, se activan recursos de los que el paciente ya disponía, pero que no sabía cómo utilizar, o incluso no era consciente de tenerlos).

La comunicación es bidireccional, es decir, tanto el psicólogo como el paciente hacen aportaciones y el peso de cada uno variará de sesión a sesión, en función de los aspectos que se traten. El paciente es libre en todo momento de preguntar sobre el proceso y de plantear cualquier duda que se le presente.

¿Cuándo Acudir a Terapia?

Todos pasamos por momentos en los que nos cuesta más tirar hacia adelante. Nos sentimos desorientados, insatisfechos, vacíos, inseguros, asustados, enfadados…

En ocasiones sabemos por qué, pero no cómo resolverlo, y en otras ni siquiera sabemos por qué nos sentimos así, lo que se añade a nuestra desazón. Sentimos que vamos a la deriva y no hay modo de ver la luz al final del túnel.

En estos momentos, consultar a un psicólogo nos puede proporcionar orientación, apoyo, seguridad y directrices en un espacio privado y confidencial en el que podemos desahogarnos libremente, sin temor a ser juzgados en ningún momento.

No todo el mundo que acude a un psicólogo ha desarrollado un trastorno psicológico. De hecho, lo mejor es acudir antes de que el malestar psicológico sea tan intenso que podamos calificarlo de trastorno. Es decir, si iniciamos una terapia cuando empezamos a sentir las primeras señales de que algo no va bien y de que, quizás, necesitamos ayuda, el tratamiento será más sencillo y más breve.

Algunas de las dificultades y de los trastornos más habituales por los que se suele acudir a consulta, y con los que te puedo ayudar, son:

Baja autoestima

Problemas de pareja

Estrés agudo y estrés postraumático

Dificultad en la toma de decisiones

Crisis vitales (separaciones de pareja, adaptación a cambios bruscos e inesperados, postparto, menopausia, duelo, crisis de personalidad…)

Malestar psicológico inespecífico

Ansiedad

Depresión

Trastornos de conducta

Trastornos de personalidad

“La enfermedad es una palabra que sólo debería tener singular; decir enfermedades, en plural, es tan tonto como decir saludes. Enfermedad y salud son conceptos singulares, por cuanto que se refieren a un estado del ser humano y no a órganos o partes del cuerpo, como parece querer indicar el lenguaje habitual. El cuerpo nunca está enfermo ni sano ya que en él sólo se manifiestan las informaciones de la mente. El cuerpo no hace nada por sí mismo.

El cuerpo de una persona viva debe su funcionamiento precisamente a estas dos instancias inmateriales que solemos llamar conciencia (alma) y vida (espíritu). La conciencia emite la información que se manifiesta y se hace visible en el cuerpo. La conciencia es al cuerpo lo que un programa de radio al receptor.

Dado que la conciencia representa una cualidad inmaterial y propia, naturalmente, no es producto del cuerpo ni depende de la existencia de éste.

Lo que ocurre en el cuerpo de un ser viviente es expresión de una información o concreción de la imagen correspondiente (imagen en griego es eidolon y se refiere también al concepto de la «idea»). Cuando el pulso y el corazón siguen un ritmo determinado, la temperatura corporal mantiene un nivel constante, las glándulas segregan hormonas y en el organismo se forman anticuerpos.

Estas funciones no pueden explicarse por la materia en sí, sino que dependen de una información concreta, cuyo punto de partida es la conciencia. Cuando las distintas funciones corporales se conjugan de un modo determinado se produce un modelo que nos parece armonioso y por ello lo llamamos salud. Si una de las funciones se perturba, la armonía del conjunto se rompe y entonces hablamos de enfermedad.

Enfermedad significa, pues, la pérdida de una armonía o, también, el trastorno de un orden hasta ahora equilibrado (después veremos que, en realidad, contemplada desde otro punto de vista, la enfermedad es la instauración de un equilibrio).

Ahora bien, la pérdida de armonía se produce en la conciencia, en el plano de la información, y en el cuerpo sólo se muestra. Por consiguiente, el cuerpo es vehículo de la manifestación o realización de todos los procesos y cambios que se producen en la conciencia. Así, si todo el mundo material no es sino el escenario en el que se plasma el juego de los arquetipos, con lo que se convierte en alegoría, también el cuerpo material es el escenario en el que se manifiestan las imágenes de la conciencia.

Por lo tanto, si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia, ello se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma. Por lo tanto, es un error afirmar que el cuerpo está enfermo —enfermo sólo puede estarlo el ser humano—, por más que el estado de enfermedad se manifieste en el cuerpo como síntoma. (¡En la representación de una tragedia, lo trágico no es el escenario sino la obra!)

Síntomas hay muchos, pero todos son expresión de un único e invariable proceso que llamamos enfermedad y que se produce siempre en la conciencia de una persona. Sin la conciencia, pues, el cuerpo no puede vivir ni puede «enfermar». Aquí conviene entender que nosotros no suscribimos la habitual división de las enfermedades en somáticas, psicosomáticas, psíquicas y espirituales.

Esta clasificación sirve más para impedir la comprensión de la enfermedad que para facilitarla.

Nuestro planteamiento coincide en parte con el modelo psicosomático, aunque con la diferencia de que nosotros aplicamos esta visión a todos los síntomas sin excepción.

La distinción entre «somático» y «psíquico» puede referirse, a lo sumo, al plano en el que el síntoma se manifiesta, pero no sirve para ubicar la enfermedad. El antiguo concepto de las enfermedades del espíritu es totalmente equívoco, dado que el espíritu nunca puede enfermar: se trata exclusivamente de síntomas que se manifiestan en el plano psíquico, es decir, en la conciencia del individuo.

Aquí trataremos de trazar un cuadro unitario de la enfermedad que, a lo sumo, sitúe ladiferenciación «somático» / «psíquico» en el plano de la manifestación del síntoma que predomine en cada caso. Con la diferenciación entre enfermedad (plano de la conciencia) y síntoma (plano corporal) nuestro examen se desplaza del análisis habitual de los procesos corporales hacia una contemplación hoy insólita del plano psíquico.

Por lo tanto, actuamos como un crítico que no trata de mejorar una mala obra teatral analizando y cambiando los decorados, el atrezzo y los actores, sino que contempla la obra en sí. Cuando en el cuerpo de una persona se manifiesta un síntoma, éste (más o menos) llama la atención interrumpiendo, con frecuencia bruscamente, la continuidad de la vida diaria. Un síntoma es una señal que atrae atención, interés y energía y, por lo tanto, impide la vida normal. Un síntoma nos reclama atención, lo queramos o no. Esta interrupción que nos parece llegar de fuera nos produce una molestia y desde ese momento no tenemos más que un objetivo: eliminar la molestia.

El ser humano no quiere ser molestado, y ello hace que empiece la lucha contra el síntoma. La lucha exige atención y dedicación: el síntoma siempre consigue que estemos pendientes de él. Desde los tiempos deHipócrates, la medicina académica ha tratado de convencer a los enfermos de que un síntoma es un hecho más o menos fortuito cuya causa debe buscarse en los procesos funcionales en los que tan afanosamente se investiga. La medicina académica evita cuidadosamente la interpretación del síntoma, con lo que destierra tanto al síntoma como a la enfermedad al ámbito de lo incongruente.

Con ello, la señal pierde su auténtica función; los síntomas se convierten en señales incomprensibles.

Vamos a poner un ejemplo: un automóvil lleva varios indicadores luminosos que sólo se encienden cuando existe una grave anomalía en el funcionamiento del vehículo. Si, durante un viaje, se enciende uno de los indicadores, ello nos contraría. Nos sentimos obligados por la señal a interrumpir el viaje. Por más que nos moleste parar, comprendemos que sería una estupidez enfadarse con la lucecita; al fin y al cabo, nos está avisando de una perturbación que nosotros no podríamos descubrir con tanta rapidez, ya que se encuentra en una zona que nos es «inaccesible».

Por lo tanto, nosotros interpretamos el aviso de la lucecita como recomendación de que llamemos a un mecánico que arregle lo que haya que arreglar para que la lucecita se apague y nosotros podamos seguir viaje. Pero nos indignaríamos, y con razón, si, para conseguir este objetivo, el mecánico se limitara a quitar la lámpara.

Desde luego, el indicador ya no estaría encendido –y eso es lo que nosotros queríamos–, pero el procedimiento utilizado para conseguirlo sería muy simplista. Lo procedente es eliminar la causa de que se encienda la señal, no quitar la bombilla. Pero para ello habrá que apartar la mirada de la señal y dirigirla a zonas más profundas, a fin de averiguar qué es lo que no funciona. La señal sólo quería avisarnos y hacer que nos preguntáramos qué ocurría.

Lo que en el ejemplo era el indicador luminoso, en nuestro tema es el síntoma. Aquello que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expresión visible de un proceso invisible y con su señal pretende interrumpir nuestro proceder habitual, avisarnos de una anomalía y obligarnos a hacer una indagación.

También en este caso, es una estupidez enfadarse con el síntoma y, absurdo, tratar de suprimirlo impidiendo su manifestación. Lo que debemos eliminar no es el síntoma, sino la causa. Por consiguiente, si queremos descubrir qué es lo que nos señala el síntoma, tenemos que apartar la mirada de él y buscar más allá. Pero la medicina académica es incapaz de dar este paso, y en esto radica su problema: se deja fascinar por los síntomas. Por ello, equipara síntomas y enfermedad, es decir, no puede separar la forma del contenido.

Por ello, no se regatean los recursos de la técnica para tratar órganos y partes del cuerpo, mientras se descuida al individuo que está enfermo. Se trata de impedir que aparezcan los síntomas, sin considerar la viabilidad ni la racionalidad de este propósito. Asombra ver lo poco que el realismo consigue frenar la frenética carrera en pos de este objetivo. A fin de cuentas, desde la llegada de la llamada moderna medicina científica, el número de enfermos no ha disminuido ni en una fracción del uno por ciento.

Ahora hay tantos enfermos como hubo siempre —aunque los síntomas sean otros.

Esta cruda verdad es disfrazada con estadísticas que se refieren sólo a unos grupos de síntomas determinados. Por ejemplo, se pregona el triunfo sobre las enfermedades infecciosas, sin mencionar qué otros síntomas han aumentado en importancia y frecuencia durante el mismo período. El estudio no será fiable hasta que, en vez de considerar los síntomas, se considere la «enfermedad en sí», y ésta ni ha disminuido ni parece que vaya a disminuir.

La enfermedad arraiga en el ser tan hondo como la muerte y no se la puede eliminar con unas cuantas manipulaciones incongruentes y funcionales. Si el hombre comprendiera la grandeza y dignidad de la enfermedad y la muerte, vería lo ridículo del empeño de combatirla con sus fuerzas. Naturalmente, de semejante desengaño puede uno protegerse por el procedimiento de reducir la enfermedad y la muerte a simples funciones y así poder seguir creyendo en la propia grandeza y poder.

En suma, la enfermedad es un estado que indica que el individuo, en su conciencia, ha dejado de estar en orden o armonía. Esta pérdida del equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo en forma de síntoma.

El síntoma es, pues, señal y portador de información, ya que con su aparición interrumpe el ritmo de nuestra vida y nos obliga a estar pendientes de él. El síntoma nos señala que nosotros, como individuo, como ser dotado de alma, estamos enfermos, es decir, que hemos perdido el equilibrio de las fuerzas del alma. El síntoma nos informa de que algo falla. Denota un defecto, una falta. La conciencia ha reparado en que, para estar sanos, nos falta algo. Esta carencia se manifiesta en el cuerpo como síntoma.”

Rudiger Dahlke-La Enfermedad como Camino

La Psicoterapia Transpersonal: un proceso HACIA LA UNIDAD DEL SER, basado en el SENTIR PERSONAL, intransferible y particular, en respuesta a los ANHELOS DEL ALMA HUMANA. 

Antes de nuestro Nacimiento, Venimos al Mundo a través del Canal del Parto para Nacer a otra Vida en un entorno determinado, con unas estructuras familiares y sociales, cuyos componentes influirán y condicionarán nuestra forma de interrelacionarnos y comprender el Universo desde nuestra percepción, ya de base condicionada y limitada a los aprendizajes en nuestra interrelación con el entorno más cercano.

Nuestra mente comienza a CREAR Un Mundo y Una Realidad, a partir de fragmentos de experiencias limitadas a nuestros aprendizajes más tempranos, en ausencia del Recuerdo de quienes Somos como “Seres Humanos Completos en Sí Mismos”, es decir, sabiéndose Amados y Amándose.

Olvidamos y nos vamos alejando de nuestra ESENCIA EN EL ORIGEN, RECIEN NACIDOS. Incluso antes de Nacer a lo que llamamos vida, en el vientre materno, olvidamos la belleza de flotar en el Espacio, hasta que en algún punto de nuestra conciencia, descubrimos al atardecer de la Vida, que…”VIVIR ES OTRA COSA”, y ante la pregunta: “¿CUÁNDO FUE QUE  DEJAMOS DE AMAR…?”,  la CONCIENCIA por primera vez, nos MIRA FRENTE A FRENTE.

A medida que vamos avanzando en nuestras vidas, vamos acumulando experiencias que determinan nuestra forma de vincularnos a nuestro universo externo e interno, sin percibir la interconexión entre ambos.

El síntoma nos informa de que algo falla. Denota un defecto, una falta. La conciencia ha reparado en que, para estar sanos, nos falta algo. Esta carencia se manifiesta en el cuerpo como síntoma.

Si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia, eso se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma.

La mayor parte de los seres humanos perciben el universo fragmentado, viviendo en la dualidad entre el adentro y lo de afuera, entre el miedo y el amor, entre lo limitado y lo ilimitado, en un universo polarizado, dónde la gran tarea del Ser Humano, es llegar a conocer y comprender que la vida es un proceso de aprendizaje para llegar a experimentar la Unidad en nosotros Mismos y Concebirnos como los Seres Completos que siempre fuimos.

La Gran Enseñanza de la Existencia es el Amor, y estamos aquí para aprender a Amar que incluye Amarnos a Nosotros Mismos y a Todo lo demás a través del Amor Incondicional que experimento por Mi.

El gran Aprendizaje es la Toma de Conciencia del Sí Mismo Viviéndose en Amor porToda la Existencia.

La única y verdadera transformación planetaria pasa por la revolución interior de comenzar a vivirnos EN AMOR, la alta vibración que emana el Estado de Ser viviéndose en Amor, transforma el campo energético de otros, induce a la autosanación, acceso al conocimiento y la sabiduría interior que todos contenemos, lejos de los condicionamientos aprendidos, nos une la Verdad Esencial de Pertenecer a unos Orígenes Comunes.

Venimos de la Unidad y hacia la Unidad Vamos, en eso consiste el proceso de curación y a eso nos ayuda la Terapia Transpersonal.

Nuestra percepción filtrada a partir de una conciencia inferior de nosotros mismos, nos relega a seguir las reglas aprendidas impuestas o autoimpuestas, que nos impiden ver más allá de nuestras propias partes internas fragmentadas, desconocidas y por tanto, nunca antes puestas en relación y una verdadera coherencia entre sí para “Sentir, Pensar, Decir y Obrar” en COHERENCIA.

Nacemos dentro de unas estructuras heredadas y necesarias para poder vivir, pero que nos van condicionando nuestra manera de interpretar nuestra realidad, que percibimos desde nuestros sentidos y la mente que filtra la información recibida desde los patrones aprendidos influenciados por los entornos dónde nos desarrollamos.

Es un Mundo heredado, hasta Nacer al Propio, tras un proceso de crisis, purga y resurrección, lo que podríamos llamar un segundo nacimiento, que es Parir al Sí Mismo: Darnos a Luz, Alumbrarnos a nosotros Mismos, para Vivir, Nuestra Verdad, y la EXISTENCIA que elegimos Vivir una Vez Hechos Conscientes de “Quién Soy Yo”.

Un cascarón-coraza que para ciertas personas se convierte en un corsé que amenaza la vida cotidiana. A esta ruptura muchas veces súbita es a lo que llamamos CRISIS EMERGENTE.

Cada día aumenta esta sensibilidad que puede ser tan retadora como asfixiante si no se encuentra la vía de salida adecuada.

Podemos tratar problemas puntuales pero si no transformamos la estructura base estos no cesarán.

Necesitamos cambiar el molde bajo el que trabajó hasta ahora nuestra personalidad, romperlo para dar Espacio al SER.

La estructura humana se compone de fractales (patrones corporales-emocionales-mentales-energéticos) y traumas (heridas del pasado remoto e inmediato) que nos llevan a actuar desde nuestro inconsciente de una forma que en el fondo no deseamos, pero que repetimos sin ser conscientes de ello y por lo tanto no podemos ni sabemos frenar ese patrón de actuación-comportamiento.

Esta estructura es la que arrastramos desde el pasado y nos condiciona desde nuestro inconsciente determinando de modo muy sutil, las elecciones que llevamos a cabo en el presente siguiendo las leyes universales (mentalismo; causa-efecto; correspondencia; vibración o frecuencia; polaridad; ritmo y generación-principio masculino y femenino) cuando desconociendo nuestra naturaleza y el modo en que operan estas leyes, nos vivimos desde el caos a través de lo que denominamos estructuras en las que la verdadera naturaleza de las cosas queda disipada a partir de los personajes y de los sucesos que vamos viviendo a lo largo de nuestro aprendizaje. Estas elecciones no deseadas, aunque tienden a perpetuarse, son la palanca de cambio cuyo fin es la evolución de la persona hacía la toma de consciencia del Sí Mismo.

PASOS EN LA SENDA:

* Disolución de las viejas  estructuras vividas desde la personalidad inferior, basadas en una conciencia limitada del mundo y de nosotros mismos.

* Resolución y sanación de las heridas heredadas de nuestro linaje familiar y autoinflingidaspor ello en esta vida (sanación del niño interior).

* Retornar a la Unidad del Ser, trabajar la Identificación con el universo dual, desde la no  identificación con el mundo de la forma para acceder al universo de la no-forma y Tomar consciencia de la Unidad que somos en nosotros mismos y en relación con Todo lo demás, para experimentar mi particular e intransferible talento natural para Sentir y Experimentar en equilibrio, plenitud y armonía la Existencia en el Ahora.

* La clave del proceso de sanación: sanar las heridas del alma propias y heredadas, para poner fin al miedo (alimentado por la ira, el odio y la rabia) y acceder al amor incondicional (desde la compasión y el perdón).

La Coherencia en el Camino proviene de la HUMILDAD Y HONESTIDAD con qué logremos establecer el Vínculo con Nosotros Mismos, que tendremos que recuperar de las profundidades de un Mar Lejano y Profundo, nuestra Sombra.

* El Proceso de transformación de la personalidad al Ser, exige, compromiso, continuidad y coherencia en nuestro camino, y todo ello siempre es primero con nosotros mismos, y después en la puesta en práctica al relacionarnos con los otros y el mundo que yo empiezo a ser consciente, de que estoy eligiendo y manifestando.

Nuestra CONFIANZA EN EL PROCESO a través del SENTIMIENTO DE CONEXIÓN CON MI SER MÁS PROFUNDO EN EL ESPACIO DE INTIMIDAD ESTABLECIDO ENTRE TU SER Y TU es vital para que nuestras resistencias a romper con los viejos patrones que nos rigieron en el pasado, no se conviertan en resistencias que vuelvan a quitarnos EL PODER PERSONAL desde la ineficaz gestión de nuestra mente, la emoción o la palabra.

“El ciclo vicioso se rompe con el ciclo vital…” 

Raimon Panikkar – Saber vivir,saber morir.

En cada Momento, Jugamos nuestro destino

El humano sabio es aquel que vive la eternidad en el presente.

Para evolucionar hacia una nueva concepción de mí mismo,  un nuevo ESTADO DE SER, que se EXPRESE EN LIBERTAD DESDE EL AMOR POR SÍ MISMO, y se ENTREGUE DESDE AHÍ A LA VIDA ES NECESARIO CONFIAR EN EL PROCESO DE APERTURA DE TU SER, y afrontar la travesía, como lo haría un héroe, en su propio proceso de búsqueda hacia el sí mismo.

A este camino, de búsqueda y encuentro con nosotros mismos, le denomino La Senda y Antakarana el Puente, que hubo que quemar, para caminar por ella.

Porque para Saber Vivir, hay que Saber Morir, y Cruzar al otro lado del Puente. 

 ψ Centro Antahkarana Majadahonda Ω

Acompañando Tus Pasos hasta RECONOCER Y VER Tu Propio Camino.

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